Las variedades autoflorecientes representan una proeza de la hibridación moderna, fruto del cruce entre cepas de alto rendimiento y la genética Ruderalis.
Esta particularidad biológica permite que las plantas inicien su fase de floración de forma autónoma, independientemente de los ciclos de luz (fotoperiodo).
A diferencia de las variedades clásicas, no requieren una modificación del tiempo de iluminación para iniciar la producción de flores, lo que simplifica radicalmente la gestión del calendario de cultivo.
En exterior, estas genéticas permiten obtener cosechas rápidas, generalmente en 70 días desde la germinación, ofreciendo así la posibilidad de realizar varios ciclos por temporada.
Su tamaño moderado las convierte en aliadas valiosas para espacios reducidos o cultivos que exigen una discreción máxima.
En ambientes de interior controlados, la explotación de todo su potencial se optimiza mediante una exposición lumínica constante
(idealmente 20 horas al día), garantizando un crecimiento vigoroso y una floración explosiva en un tiempo récord.